Un joven de 25 años, con una orientación sexual por definir, decide abandonar un entorno opresor en su país de nacimiento, para instalarse en la desenfadada Berlín con la idea de desarrollarse personal y artísticamente. Esto, que suena a una de esas historias personales con las que uno se encuentra a menudo en esta ciudad, es lo que llevó a Christopher Isherwood, nieto heredero de terratenientes ingleses, a establecerse entre 1929 y 1933 en la capital de la entonces república de Weimar, para ganarse la vida como profesor de inglés mientras intentaba convertirse en escritor.

Desde la distancia que le daba su mirada forastera, fue un gran observador de aquellos agitados años en la capital alemana. Él mismo nos cuenta en la primera página de su novela más famosa (Adiós a Berlín) cómo fue su modus operandi:

“Soy como una cámara con el obturador abierto, pasiva, minuciosa, incapaz de pensar. Capto la imagen del hombre que se afeita en la ventana de enfrente y la de la mujer en quimono, lavándose la cabeza. Habrá que revelarlas algún día, fijarlas cuidadosamente en el papel”.

Todas aquellas imágenes costumbristas que Isherwood grabó en su cabeza, quedaron después reflejadas en lo que se conoce como las “Crónicas berlinesas”, en las que la realidad (autobiografía) se cruza constantemente con la ficción. Se trata de las novelas Mr. Morris cambia de trenes (1935) y la ya mencionada Adiós a Berlin (1939).

En esta última novela el autor construye una crónica sobre una ciudad desgastada moral y económicamente tras varios años de desenfreno; a la que el cinismo, la frivolidad y otras contradicciones impidieron rebelarse contra la furia nazi que se avecinaba.

La curiosidad personal del escritor lo llevó a las altas esferas de la sociedad berlinesa, pero también a rodearse de las gentes más humildes y a compartir techo con variopintos personajes. Sus compañeros nocturnos eran escritores sin editor, artistas sin suerte y todo tipo de buscavidas venidos a menos que pululaban por los locales berlineses de la época.

Isherwood además fue de los primeros autores que declararon públicamente su homosexualidad en el siglo XX; y fue durante su estancia en Berlín donde comenzó a implicarse en la reivindicación de los derechos de este colectivo. Un movimiento que ya en esos años tenía mucha más fuerza en la vieja capital prusiana que en otras ciudades europeas como Londres o París.

Pero a principios de 1933 la psicosis nazi comienza a extenderse por amplias capas de la sociedad. Es el momento en el que empiezan a encenderse las luces para poner fin a la fiesta. Isherwood, ante este evidente ocaso, decide abandonar Alemania junto a su primer gran amor, Heinz Neddermeyer. Tras varios viajes por Europa, a Heinz se le impedirá entrar en Inglaterra y posteriormente será detenido por la Gestapo acusado de desertor.

A Isherwood, Inglaterra se le seguía quedando pequeña, por lo que otra vez puso rumbo al exilio. Se marchó a Estados Unidos y se instaló definitivamente en Los Ángeles. Allí entabló amistad con algunos de los grandes intelectuales europeos exiliados en norteamérica comoThomas Mann, Charlie Chaplin, Bertolt Brecht y Aldous Huxley. Además se hizo discípulo del monje Swami Prabhavananda, lo que llevó a imbuirse de lleno en el hinduismo. También tuvo tiempo y fuerzas para tener más de cuatrocientos amantes entre 1945 y 1951. Tras esa época de frenesí sensual, que detalló en su libro Los años perdidos, consiguió encontrar el amor en un chico de dieciocho años, Don Bachardy, de quién ya no se separaría, y con el que formó una pareja polémica e icónica para los homosexuales de la época.

Ambos escribieron conjuntamente una gran cantidad de guiones para cine y teatro, alguno de ellos premiados por la industria. Sin embargo, durante muchos años la literatura de Isherwood no alcanzó el nivel de sus crónicas berlinesas. Hubo que esperar hasta 1964 para que este autor nos regalara su posiblemente mejor novela: Un hombre soltero (A single man), donde nos volverá a ofrecer la mirada de un observador foráneo. En este caso nos muestra el sombrío retrato de un inglés, maduro profesor de universidad en California, que se mueve en un mundo que le es ajeno por su propia condición de homosexual y de expatriado. Esta obra fue adaptada recientemente al cine por Tom Ford.

Pero la causa por la que el nombre de Isherwood comenzó a darse a conocer al gran público, fue el estreno en Broadway del musical Cabaret, y sobre todo por la película del mismo título que en 1972 lanzó al mundo la imagen de una ciudad representada por el entrañable personaje de Sally Bowles (interpretada por Liza Minelli) y por una sala de fiestas -KitKatClub- cuyo nombre aún hoy en día es sinónimo de desenfado en la capital alemana.

Las crónicas de Christopher Isherwood son el motivo por el cual, cuando la mayoría de nosotros piensa en el Berlín de entreguerras, lo primero que nos viene a la mente son estampas de cabarets con música alegre y ecos de decadencia.

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