Stefan Zweig (1881-1942) es quizá uno de los autores en lengua alemana más populares de la primera mitad del siglo XX. Su obra de ficción es extensa, aunque es probable que muchos lo conozcan más por sus textos biográficos sobre figuras como Romain Rolland, Nietzsche, María Antonieta, Fouché, Erasmo, y su penetrante biografía de María Estuardo. Y por su ensayo autobiográfico, El mundo de ayer. Memorias de un europeo, libro en el que Zweig expresa la nostalgia por un mundo -la Europa de entre guerras- que se desintegraba rápidamente.

 

Desde su publicación, Novela de ajedrez ha sido tema de toda clase de interpretaciones, análisis y especulaciones. ¿Por qué alguien que está a punto de suicidarse se pone a escribir una novela sobre el ajedrez? Especialmente porque, según se sabe, Zweig no era particularmente bueno en ese juego.

 

Huyendo de la persecución nazi del gobierno alemán, el escritor austríaco de origen judío y su esposa Charlotte (Lotte) Elisabeth Altmann se refugian en el Brasil. La situación europea y su preocupación por el futuro de la humanidad los sumió en la depresión. Estaban convencidos de que el nazismo triunfaría y se impondría en el mundo. Un mundo en el que ya no valía la pena vivir. “Creo que es mejor finalizar en un buen momento y de pie una vida en la cual la labor intelectual significó el gozo más puro, y la libertad personal el bien más preciado sobre la tierra”, escribió en una de sus últimas cartas.

 

Ese era el estado de ánimo del autor después de años de andar deambulando en el exilio acosado por el fantasma de la intolerancia que ganaba terreno en Austria y Alemania. Londres, París, Nueva York, Buenos Aires, fueron algunos de los lugares a donde viajó, o en donde vivió, antes de radicarse en el Brasil. Sin embargo, la única obra en la que Zweig se detiene a examinar el nazismo es en esta novela breve producida al borde de la muerte. Según algunos observadores, en la novela, el ajedrez sería nada más un buen pretexto para hacer énfasis en la psicología de los personajes y en el ambiente de confrontación que imperaba en ese momento histórico.

 

La historia se desarrolla en un barco que zarpa de Nueva York rumbo a Buenos Aires. Lo interesante es que allí va Mirko Czentovicz, el campeón mundial de ajedrez, que viaja a participar en un torneo en Argentina. En la primera parte nos enteramos de la peculiar personalidad de Czentovicz, un hombre que tuvo una infancia infeliz. Huérfano pobre, criado por compasión por un cura que intentaba educarlo, inútilmente, porque el niño parecía tonto. No aprendía a leer y era apático a cualquier esfuerzo intelectual; el cura lo consideraba prácticamente un retrasado mental. Hoy probablemente el muchacho habría sido diagnosticado como un caso de Síndrome de Asperger, o alguna otra forma de autismo. Algo que no se conocía en aquel entonces. Hasta el día en que, por casualidad, se revela que el pobre imbécil es un genio del ajedrez.

septimo_sello
Un hombre reta a la muerte a una partida ajedrez. Fotograma de la película “El séptimo sello” de Ingmar Bergman.

Algunos lectores actuales de esta obra han visto en la manera despectiva como el narrador describe a Czentovicz, por sus orígenes humildes, su semianalfabetismo, su total ignorancia de los temas de la alta cultura -su único mérito es ser un ajedrecista genial- una actitud clasista y discriminadora. Respetan sus cualidades de jugador de un juego complejo, pero a sus espaldas se burlan de su falta de refinamiento. (Hace un siglo aún no se habían introducido en la sociedad occidental los códigos de ‘incorrección política’ hoy vigentes).

 

En un determinado momento irrumpe en la narración un desconocido que se revela como un ajedrecista tan bueno, o quizás mejor que el campeón mundial. Estamos ya casi en la mitad de la novela cuando este nuevo personaje comienza a narrar su historia. Se trata del señor B., un emigrante austriaco, preso político, torturado por los nazis. La suya no fue una tortura física sino psicológica; fue encerrado en una habitación de hotel sin contacto con el mundo exterior. En el aislamiento y la soledad que padeció, el señor B se dedicó a entrenar su mente en partidas de ajedrez que reproducía mentalmente, a falta de tablero y de fichas. Llegó a ser tan hábil en este ejercicio que en algún momento, en ausencia de un contrincante, se vio impulsado a jugar contra sí mismo. Algo que es prácticamente imposible, porque una misma cabeza no puede tener la habilidad de jugar las negras y las blancas a la vez. Enfrentar el yo blanco al yo negro. Los intentos conduducirían al señor B a la locura, pues para poder ganarse a sí mismo hay que dejar de ser sí mismo.

 

El aislamiento que padeció el señor B es comparable al exilio que sufrieron muchas personas, como Zweig, durante el Tercer Reich. La violencia psicológica del exilio puede ser tan devastadora como la física. B se vuelve loco; Zweig se suicida.

 

Conocidas las peculiaridades de los dos protagonistas, la novela alcanza un punto alto de tensión cuando los dos personajes se enfrentan en una partida que hace contener la respiración a los pasajeros del barco… y a los lectores del libro.

 

Es entonces cuando se revela más claramente el verdadero tema de esta novela: no es una simple partida de ajedrez sino una confrontación de dos personas enfermas, dos seres humanos que han sido maltratados por la vida; es la lucha de dos obsesiones. Como en el poema de Borges (reproducido aquí abajo). Y es también la guerra jugada en un tablero de ajedrez. En ésta, su última novela, Zweig describió el horror nazi desde otro punto de vista, sin mencionarlo, sin campos de concentración, sin bombas.

 

Todo ello dentro del sencillo estilo de escritura de Zweig, sin florituras sin exceso de palabras. Una novela grande que no llega a las cien páginas. Un detalle interesante es que la primera edición de la Novela de ajedrez se hizo en Argentina, en español, sobre una traducción hecha por Alfredo Cahn, suizo naturalizado en Argentina.

 

 

Ajedrez  (Jorge Luis Borges)

 

I

En su grave rincón, los jugadores
rigen las lentas piezas. El tablero
los demora hasta el alba en su severo
ámbito en que se odian dos colores.

Adentro irradian mágicos rigores
las formas: torre homérica, ligero
caballo, armada reina, rey postrero,
oblicuo alfil y peones agresores.

Cuando los jugadores se hayan ido,
cuando el tiempo los haya consumido,
ciertamente no habrá cesado el rito.

En el Oriente se encendió esta guerra
cuyo anfiteatro es hoy toda la Tierra.
Como el otro, este juego es infinito.

II

Tenue rey, sesgo alfil, encarnizada
reina, torre directa y peón ladino
sobre lo negro y blanco del camino
buscan y libran su batalla armada.

No saben que la mano señalada
del jugador gobierna su destino,
no saben que un rigor adamantino
sujeta su albedrío y su jornada.

También el jugador es prisionero
(la sentencia es de Omar) de otro tablero
de negras noches y de blancos días.

Dios mueve al jugador, y éste, la pieza.
¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza
de polvo y tiempo y sueño y agonía?

 

Las ideas y puntos de vista expuestos en este artículo se debatieron en una sesión reciente del Club de Lectura Nómadas de Berlín, que se reune regularmente en la librería La Escalera.

 

Fotografía gentileza de Sofia Pedro : https://sofiafpedro.wixsite.com/portafolio

 

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