“Europa no conseguirá sobrevivir sin inmigración. No debería tenerse tanto miedo de eso: todas las grandes culturas surgieron a partir de formas de mestizaje”.

Era solo un niño cuando el inquieto Günter Grass se las ingeniaba para satisfacer su inagotable curiosidad por el arte. Antes de que Alemania invadiera Polonia, el futuro Premio Nobel de Literatura (1999), se valía hábilmente de cajetillas vacías de cigarrillos para intercambiarlas por cromos que reproducían en colores las obras maestras de la pintura europea. Así, con la complicidad de su madre, quien trabajaba en una bodega familiar de comestibles, supo reconocer a primera vista lienzos de Botticelli, Velásquez o Rembrandt. “A partir de los 12 o 13 años tuve claro que quería una profesión artística, aunque todavía no pensaba en escribir, solo en pintar”, comentó en una oportunidad el laureado alemán.

Su temprana admiración por lienzos y pintores famosos fue el presagio al futuro artista, mas no del escritor. El reconocimiento en el mundo de las letras tuvo que esperar paciente tres décadas antes de conocer su primera novela, El tambor de hojalata, considerada una de las obras maestras de la literatura alemana y universal. Con ella dejó sin asidero lo vaticinado por intelectuales como el filósofo alemán Theodor Adorno o el crítico literario francés George Steiner, quienes consideraban que tras el Holocausto en Auschwitz (campo de concentración donde fueron asesinadas más de un millón de personas), era imposible retomar la prosa en alemán. Sin embargo, Grass logró algo que parecía imposible: reivindicar la lengua de Goethe a través de su excéntrico personaje Oskar Matzerath, un niño con voz vidriosa que a la edad de tres años decide no crecer más y contar desde una perspectiva pintoresca y barroca los horrores de un régimen totalitario y la guerra que conllevó la locura de un dictador. “Cuando empecé como joven autor, los escritores algo mayores plantearon que la lengua alemana se había corrompido con los nazis y había que volver a una forma más sencilla. Yo pensaba lo contrario: no se podía castigar el idioma por las cosas que Adolf Hitler hizo”, sostenía el autor de novelas como El rodaballo y Mi siglo.

El también Premio Príncipe de Asturias de las Letras formó parte en esa época del Gruppe 47, junto con Heinrich Böll, Ingerborg Bachmann, Hans Magnus Enzesberger y Siegfried Lenz. Era una reunión de escritores y críticos de origen alemán y austriaco, que tenían como inquietud revitalizar la literatura germana de la postguerra. “Había una necesidad de reconstruir el país, no solo en lo referente a la economía y arquitectura, sino también en lo cultural. Con las desapariciones de tantas figuras claves, las persecuciones, la censura y el exilio, el campo literario estaba completamente quebrado y estos sobrevivientes o nuevas voces empezaron a tener injerencia en lo que se iba a escribir después de la Segunda Guerra Mundial”, sostiene Alexandra Ortiz Wallner, profesora de Literatura de la Universidad Humboldt de Berlín.


Fotografía Ester Villaescusa
http://estervillaescusa.com/

Artista y voz crítica de Alemania

El pasado 13 de abril se cumplió un año de la muerte de Günter Grass (Lübeck, 2015). El escritor de los bigotes tupidos y las gafas oscuras falleció a la edad de 87 años como consecuencia de una neumonía. Nunca abandonó su sempiterna pipa, tampoco quiso reemplazar su clásica Olivetti por un equipo más moderno que le aliviara su trabajo como escritor. “Ninguna máquina, y ningún ordenador ha sido suficientemente seductor para poder sustituir a una de mis Olivetti”, se puede leer en su autobiografía Pelando la cebolla (2006). “Su pulsación leve, dócil a mi sistema de dos dedos, halaga el oído. A veces se engancha una letra u otra, enseñándome paciencia, lo mismo que ella demuestra paciencia cuando me equivoco una y otra vez”, agrega en el mismo capítulo del libro.

Nació y creció en la Ciudad Libre de Dánzig (1927), hoy GdanskPolonia, entre la influencia de la cultura alemana y polaca. Esa valiosa experiencia le serviría treinta años más tarde para narrar la Trilogía de Dánzig: El tambor de hojalata (1959), El gato y el ratón (1961) y Años de perro (1963). Se trató sin duda de un polifacético escritor que dominó todos los géneros literarios; desde la novela, los ensayos, pasando por las memorias, los poemas, los relatos cortos y hasta dramaturgia. Grass aseguraba que había nacido con dos talentos, aunque reconocía que empleaba tiempo y esfuerzo para desarrollar sus dos pasiones. Otra particularidad del pintor y poeta, era cuando dedicaba muchas horas a la escritura, pasado un tiempo, sentía la imperante necesidad de regresar a la escultura o la pintura para no perder el hilo creativo en su trabajo. “Él también pintaba. Muchos de sus dibujos se han utilizado para las portadas de sus libros. Probablemente se sentía más artista que solo escritor”, refiere Ortiz Wallner.

Resulta curioso, por lo tanto, y, hasta anecdótico, que precisamente un hombre con un insaciable apetito por la cultura, no haya culminado el bachillerato escolar. Cuando la guerra finalizó con la capitulación de Berlín, Grass apenas contaba con 17 años, era un adolescente que posiblemente no tenía muy claro cuál iba a ser el futuro de su país, sin embargo estaba convencido de estudiar arte y dedicarse a ese oficio. Con Alemania sumida en ruinas, el escritor se dirigió a Düsseldorf (centro económico de Alemania Occidental) para iniciar su formación en la prestigiosa Academia de Bellas Artes. Los malos tiempos y la falta de carbón retrasaron su aprendizaje, pero a cambio consiguió un puesto de aprendiz de cantero y tallista, dada la alta demanda de lápidas sepulcrales en la ciudad.

A lo largo de toda su vida, Grass tuvo una educación autodidacta, salvo en el campo de las artes. En muchas oportunidades comentó con orgullo que gracias a su sed de conocimiento, su infinita curiosidad y, por supuesto, a los libros que desfilaron por sus manos, pudo cultivarse en varias materias y ser considerado dentro de su país y el mundo como un referente de opinión. “Él tenía una faceta muy política como Umberto Eco. Estaban muy involucrados en la política internacional y la política de sus países. Günter Grass no desaprovechaba un solo momento para opinar. Fue muy crítico de temas como el calentamiento global o la reunificación alemana, tras la caída del Muro de Berlín. Me hubiese gustado escuchar su opinión sobre la mal llamada crisis de refugiados. Estoy segura que él estaría en primera fila comentando el tema”, agrega Ortiz Wallner.

Asimismo, criticó fuertemente a la canciller alemana, Angela Merkel, por la política-económica en contra de Grecia. En 2010, alzó su voz de protesta hacia Turquía, para que reconociera el genocidio contra los armenios, en donde se estima murieron cerca de 1.5 millones de personas en tiempos del Imperio Otomano. Dos años más tarde, publicó el poema “Lo que hay que decir”. En sus versos acusaba al Estado de Israel de amenazar con la paz mundial. Fue considerado polémico y antisemita por políticos alemanes y fue declarado persona non grata por el gobierno israelí. El traductor de gran parte de su obra literaria al español y, además, buen amigo, Miguel Sáenz Sagaseta, decía que era un hombre de un gran compromiso político.

Para el crítico alemán, el intelectual debía estar comprometido con su tiempo y, por lo tanto, estaba obligado a hablar cada vez que se presentaba un asunto de relevancia internacional.

Fotografía Ester Villaescusa
http://estervillaescusa.com/

Miembro de la Waffen-SS

“Al recuerdo le gusta jugar al escondite como los niños. Se oculta. Tiende a adornar y embellecer, a menudo sin necesidad. Contradice a la memoria que se muestra demasiado meticulosa y, pendencieramente, quiere tener razón. Cuando se lo atosiga con preguntas, el recuerdo se asemeja a una cebolla que quisiera ser pelada para dejar al descubierto lo que, letra por letra, puede leerse en ella: rara vez sin ambivalencia, frecuentemente en escritura invertida o de otro modo embrollada”, no podía empezar sus memorias con un lenguaje menos solemne y musical.

Tenía 79 años, había logrado los más altos reconocimientos que una figura literaria y de las artes puede aspirar, el éxito estaba de su lado, como también el respeto y la admiración de sus lectores. Sin embargo, quiso tener la última palabra sobre un pasaje de su juventud, el lado más oscuro de su propia novela. Esperó hasta tener la paciencia que solo los años regalan al ser humano o quizás la entereza y sabiduría para soportar una lluvia de críticas por un pasado que avergüenza a los alemanes: haber pertenecido a las filas de la Waffen-SS, una tropa armada de élite del nazismo. La noticia la dio él mismo en una entrevista exclusiva al periódico Frankfurter Allgemeine Zeitung (FAZ), tan solo un par de semanas antes de la publicación de su polémico libro Pelando la cebolla.

Cuando la guerra estalló en Europa (1939), Grass tenía 12 años y 17 cuando se alistó en las Juventudes Hitlerianas. Era un adolescente que seguramente desconocía la política de aniquilamiento de los nazis y, quizás, se dejó influenciar por un espíritu patriótico y nacionalista, más que antisemita. Por lo tanto, cabe la pregunta: ¿era necesario contar su verdad? Para Alexandra Ortiz Wallner, sí. “Como autor, como ser humano, creo que era importante decirlo y, además, a través de una obra de no ficción. A mí me pareció muy valiente y, con eso no quiero decir que esté a favor ni en contra, pudo haberse callado pero decidió hablar”, enfatizó.

Polémica con Vargas Llosa

En 1985, durante la reunión del PEN Internacional el escritor Mario Vargas Llosa (Premio Nobel de Literatura 2010) llamó al también Nobel (1982), Gabriel García Márquez, “cortesano” de Fidel Castro. En aquella asociación mundial de escritores, llevada a cabo en Nueva York, el literato peruano, sostuvo que la brillantez intelectual no siempre son garantías de lucidez en materia política y puso como ejemplo, que en Latinoamérica un considerable número de escritores despreciaban la democracia y defendían soluciones de corte marxista-leninista para los problemas de la región, como en Cuba.

Estas declaraciones molestaron a Grass quien inmediatamente exhortó al peruano a retirar lo dicho. Las discrepancias entre ambos letrados aparecieron en las portadas de los periódicos europeos. Para poner punto final a los dimes y diretes, la Universidad Menéndez y Pelayo de Barcelona organizó un conversatorio pero el escritor alemán declinó la invitación. La polémica no terminó ahí, el novelista volvió al debate esta vez desde la tribuna del congreso del PEN Internacional, en Hamburgo, pero con un interlocutor ausente. Como es característico en el autor de La ciudad y los perros, la respuesta no se hizo esperar y mediante una extensa ‘Carta a Günter Grass’, publicada en diario El País, España, Vargas Llosa contestó a su colega de las letras: “No sé si usted y yo nos volveremos a ver. Me temo que esta polémica dificulte el que alguna vez seamos amigos. Créame que lo siento. No sólo por el respeto intelectual que me merecen sus libros, sino porque, a juzgar por lo que ha sido su actuación política en su país, creía que ambos librábamos la misma batalla. Pensar que me equivoqué me deja un deprimente sabor a ceniza en los labios”, finaliza el artículo en alusión a la clara defensa de Grass por la democracia para Europa, mas no la misma suerte para América Latina.

Edición especial

En 2016, coincidiendo con el aniversario de su muerte, en Alemania se publicó una edición especial que recoge sus tres últimas obras autobiográficas: Pelando la cebolla, La caja de los deseos y Palabras de Grimm, la segunda memorias familiares y la última una declaración de amor al idioma alemán, su lengua materna.

Grass estuvo casado dos veces, en 1954 con Anna Schwarz y luego en 1978, con su inseparable Ute Gruner, quien estuvo a su lado hasta el final de sus días, junto con sus hijos y nietos.

Dibujos y esculturas de Günter Grass.

Artículo publicado originalmente por Claudia Sánchez Morzán en su blog http://cloenberlin.com/

Fotografías por cortesía de Ester Villaescusa http://estervillaescusa.com/

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